Economía para Sacerdotes (1): La Escasez

*Artículo escrito por Gabriel Zanotti, para el Instituto Acton para el Estudio de la Libertad, la Religión y la Economía de Argentina

La economía para sacerdotes no es diferente de la economía para todos los seres humanos. Excepto, claro, porque los economistas rara vez hablan teniendo en cuenta la formación teológica del sacerdote católico y su visión cristiana del mundo. Es la intención de esta serie de escritos cubrir ese vacío.

Comencemos con la escasez. El cristianismo es una religión de la abundancia, no de la escasez. ¿Por qué? Porque el cristianismo es, precisamente, una religión que se nutre de la Gracia infinita de Dios, a través de su Segunda Persona encarnada, Cristo. La gracia de Dios es abundante, infinitamente, como la fuente de la cual procede. El antiguo testamento nos habla del maná del cielo; el nuevo, de la multiplicación de los peces, del agua que se convierte en vino, siempre en una abundancia que es figura de la gracia y la misericordia infinita de Dios.Ante eso, es obvio que un tema como la escasez resulte extraño. Tal vez no había escasez antes del pecado original. Si, estábamos en el paraíso originario, en armonía total con Dios, “para trabajar”, pero era un trabajo que no tenía mucho que ver con la pena del trabajo posterior. Tampoco es razonable suponer que nuestros primeros padres sufrieran pobreza, desnutrición o desocupación. ¿Será entonces la escasez un mal intrínseco del mundo al cual fuimos arrojados después del pecado original? No si por “mal” se entiende propiamente la herida que ese pecado original dejó en el corazón del hombre. El hombre, sencillamente, se enfrenta con la naturaleza, una naturaleza física que es entre indiferente y hostil ante los reclamos de su naturaleza cultural. El hombre no satisface sus necesidades como los demás animales, donde sus necesidades están satisfechas por plantas u otros animales, que cuando “no hay” sólo la lucha despiadada entre las diversas especies es la solución. El hombre, creado a imagen y semejanza de Dios (Imago Dei que no se perdió después del pecado original) tiene inteligencia, voluntad libre, y por ende cultura e historia. Desde la tribu aparentemente sencilla hasta las civilizaciones modernas, el hombre no encuentra los bienes que desea tal como si fueran frutos de los árboles. Ni las lanzas, ni las flechas, ni los talismanes, ni las vestimentas, ni el agua, ni nada, y menos aún el tiempo para todos los usos, costumbres y ritos de cada cultura, están allí como el maná del cielo. Sencillamente, NO están. NO los hay. Eso es la escasez. Y como sólo Dios puede crear, el hombre tiene que trans-formar, aplicar su inteligencia y sus brazos para obtener un “producto” que satisfaga sus necesidades culturales. Y todo ello es escaso: escasos son los bienes que consumimos y escasos son los medios para producirlos.

¿Es malo todo ello? No, en la medida que hemos visto que, el ser humano, al ser “arrojado al mundo” es arrojado en parte al mundo como mundo físico creado, creado por Dios, que en ese sentido nunca puede ser malo, sino bueno, aunque escaso a efectos de las necesidades humanas que antes, tal vez, nos eran sobre-naturalmente satisfechas. ¿Es fruto de un pérfido capitalismo? Ya tendremos tiempo de hablar del capitalismo, pero ya hemos visto que la escasez así entendida, es una condición natural de la humanidad, tal vez no “sobre”natural, pero sí intrínseca a toda cultura humana, sea maya, sumeria, incaica, norteamericana o china. ¿Es fruto de que la riqueza “allí está” pero no está bien distribuida? No, porque ya hemos visto que “no está allí”, aunque obviamente pueda haber males en la justicia distributiva.

Conclusión: la escasez como tal no es mala, y el cristianismo como tal implica la sobre-abundancia de la gracia pero NO de los bienes que cada cultura determina como necesarios. Claro, el pecado original implica que los problemas ocasionados por la escasez sean peores. Si dos santos estuvieran en un desierto y no tuvieran más para beber, si Dios no hace un milagro, ¿cómo morirían? Santamente. Se darían el uno al otro hasta la última gota de agua. Pero morirían. Cualquiera de nosotros, en cambio, moriría también, pero no tan santamente, Posiblemente nos terminemos peleando por la última gota de agua. Pero que el agua sea escasa no es el mal; el mal está en el corazón del hombre.

¿Pero entonces? ¿Cómo hacemos para minimizar la escasez? ¿Cómo hacemos para que alguien que tiene sed vaya a un grifo, abra la canilla y beba? El agua de la vida eterna ya la tenemos, e infinitamente. El agua de la vida natural, no. ¿Cómo hacemos entonces? De eso trata, precisamente, la economía. Ver el fenómeno de la escasez, no negarlo, ni condenarlo, es el primer paso.


Gabriel Zanotti es director Académico del Instituto Acton Argentina

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