Corruptos por Costumbre

Un tercio de las empresas reconoce que ha tenido que pagar sobornos para realizar negocios en el país, según una encuesta realizada por el Banco Mundial (BM) que coloca a Guatemala en una situación similar a la que ocurre en Nicaragua, Honduras y El Salvador.

Así arranca un artículo hoy en El Periódico que desnuda nuestra lamentable realidad.  No importa cómo lo queramos maquillar, el estudio del Banco Mundial es contundente.  El 35% de las empresas en Guatemala se han visto involucradas en algún tipo de soborno, ya sea voluntario u “obligado”, una porción importante de nosotros hemos participado en este acto de corrupción.

Si bien el soborno no es el “peor” pecado del mundo (según criterios humanos que disfrutan categorizar lo que para Dios no tiene categorías…el pecado), es un pecado que desnuda una realidad interior que debe movernos a reflexionar: amor al dinero, avaricia, búsqueda de “éxito” a toda costa, irrespeto a la ley y una miope visión de negocios de cortísimo plazo.

¿Qué hacemos? Les aseguro una cosa….no hay curso de “liderazgo” (¿Cuándo dejaremos de obsesionarnos los cristianos por esto?), libro de John Maxwell, prédica motivacional y programa de radio que nos salve de esta.  Estamos tratando con el pecado y el pecado a un nivel sumamente profundo porque es algo a lo que ya estamos anestesiados y llamamos “normal”.  La única cura contra esto es el Evangelio.  Jesús ya pagó por este pecado y está en nosotros entrar bajo la sombra de Su maravillosa Gracia y con arrepentimiento buscar un cambio en nuestro corazón que nos permita ver más allá del par de pesos que podemos ganarnos con dar la mordida y sacar la mercadería antes que la competencia de la aduana, etc.

¡Pilas todos y todas! La ironía es demasiado cruel…35% de las empresas sobornan….entre 30 y 40% de los guatemaltecos se consideran cristianos…..¿terrible, verdad?

Recomiendo esta lectura: “Una Teoría de la Corrupción: La Teología y Economía del Pecado”.

Quizás no exista un obstáculo mayor que la corrupción para el avance de las naciones en vías de desarrollo. La corrupción no sólo está asociada al pecado original, que afecta el corazón de todas las personas, sino que también es un azote social que debilita la economía diaria y las transacciones legales de las que todos dependemos para nuestra subsistencia material. Para muchas personas, la corrupción es invisible, pues frecuentemente se limita a sectores específicos de la economía. Para otros, es una característica omnipresente de su existencia. No obstante, en todos los casos, la corrupción proviene, en última instancia, de decisiones personales de violar la ley escrita en nuestros corazones, como nos recuerda San Pablo1.

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