QUO VADIS, EDUCATION?

Invitamos a nuestros lectores a comentar acerca de este tema donde el autor Tobias de Marcos cuestiona el sistema educativo actual, tema que nos atañe a todos;  La educación pedagógica, en la cual todos hemos sido formados y moldeados, seria interesante escuchar algunas ideas que tengan como principal objetivo el desarrollo de los individuos  a través de sus dones.

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Por Tobías de Marcos 1
Para Instituto Acton Argentina
8 de septiembre de 2012

Nuestro sistema educativo actual fue creado en el siglo XVIII durante la revolución industrial con el trasfondo ideológico y filosófico del iluminismo. Sus influencias siguen atando nuestras mentes afirmando teorías positivistas, como la convicción de que si pudiéramos reunir suficientes datos e información sobre el mundo que nos rodea, los acontecimientos posteriores se develarían y mostrarían tan evidentes como el resultado unívoco de una simple (o compleja) ecuación matemática.

Eso está muy bien si lo que se desea es calcular dónde quedarán desperdigados los pedazos de una piedra cuando la tiramos con fuerza contra otra. Una ecuación universal que pueda unificar todas las variables de tiempo y espacio, sin dudas podría dilucidar ese misterio. Pero cuando se consideran los seres vivos, y particularmente los seres humanos, la ecuación pierde eficacia. En el ámbito humano existe un principio de espontaneidad y de diversidad en cada persona, que ninguna ecuación puede definir con precisión matemática.

Desde esta interpretación de los hechos, resulta comprensible que se presenten dos consecuencias: primero, que se busque anular esta espontaneidad para poder predecir con mayor facilidad el actuar de las personas y, segundo, que bajo la influencia de las fuerzas sociales e ideológicas de la época, terminara surgiendo nuestro actual modelo de escuela que, con mejoras y mutaciones, sigue siendo básicamente el mismo que el de hace tres siglos.

Es lógico, si interpretamos que si tenemos más conocimiento lograremos más control de nuestro entorno, buscaremos incansablemente acumular conocimientos (incluso los más burdos y absurdos), y es lógico que, con la mejor intención, querramos inculcárselo a nuestros hijos para que sean exitosos. Digo esto para que no se me malinterprete. No guardo rencor hacia mi colegio. No los considero “imperialistas” “manipuladores” “malas personas que buscan su propio beneficio”, o cosas por el estilo que se escuchan cuando se critica “el sistema”. Tengo un gran recuerdo de mis años en el colegio. Pero sí creo que ellos también son víctimas de un sistema represivo y arcaico, que anula el espíritu libre y la creatividad, y nos hace creernos a nosotros mismo que somos menos capaces.

Yo mismo fui herido por esa experiencia. En estos últimos tiempos descubrí una creatividad dentro mío que no supe nunca que tenía, y, peor, que pensaba que nunca iba a tener. Pero ¿por qué? ¿cómo nunca nadie fue capaz de estimularme a buscarla?

No confundamos habilidad artística con creatividad. La habilidad no la tengo. No sé si será algo genético o qué pero sencillamente cuando me enfrento con una hoja en blanco y desenfundo el lápiz, nunca logro que la imagen que veo en mi cabeza clara como el agua del manantial, sea llevada a la hoja sin pifiar líneas y puntos por distancias insalvables. Al final, no se entiende si quise hacer un dibujo de mi familia para un test psicológico, o si estoy incursionando en nuevas formas de cubismo abstracto.

Se que puedo educar mi mano. Practicar, y mejorar mucho si me lo propongo. Pero ese no es el punto. Esto, por más triste que parezca, no es lo grave. Yo pensaba que no tenía creatividad. Que no era capaz de pensar algo original y brillante. Me equivoqué. Cualquiera que piensa así se equivoca. Y el problema no fueron los profesores ni los directivos, aunque no voy a eximirlos de toda culpa, ni nadie involucrado directamente con mi educación y aprendizaje, sino algo arraigado mucho más profundamente en lo que ellos me enseñaban. Y es su concepción de educación. Qué significa y cuáles son sus objetivos. Porque si se trata de lograr que los alumnos sistemáticamente adquieran conocimientos vacíos y para eso se usan herramientas como los horarios saturados, las asistencias, amonestaciones y, lo más nefasto de todo a mi manera de verlo, las evaluaciones (esta manera particular de evaluar, porque evaluar el avance y progresión de los conocimientos es necesario), entonces nos estamos equivocando profundamente. Yo creo que el objetivo de la educación debería ser aprender. Pero no conocimientos inútiles, como si “hacer” es modificador directo del sujeto o núcleo del predicado, sino aprender a aprender. Dar a los alumnos las herramientas para observar el mundo críticamente y descubrir lo peor y lo mejor de él.

Por supuesto que ante este planteo surge inevitablemente la pregunta ¿cómo? Y mi primera respuesta lamentablemente es “no lo sé”. Lo que sí sé es que el sistema pide el cambio urgente. Las estadísticas reflejan que son cada vez más los alumnos que fracasan en el colegio. Que son rechazados por el sistema. Alumnos capaces, inteligentes, potencialmente útiles para la humanidad. Terminan creyéndose el versito de que “no pueden” “no son capaces” “lo suyo es trabajar cargando muebles en un camión de mudanza”.

Trabajo mucho con chicos de edad final del secundario. Y no deja de sorprenderme su desgano y falta de motivación para estudiar. Solemos hacer un simple ejercicio de comunicación de donde cada uno cuenta sus buenas o malas noticias de la semana. De 15 chicos, ese día 12 compartirán algo más o menos similar como mala noticia: el colegio. Es su principal fuente de insatisfacciones. Que están cansados, que la profesora esta loca, que les va siempre mal, que están estresados, que no paran de tener pruebas. Muchos dirán que es normal, que a nadie le gusta estudiar. ¡Conformistas! Es cierto, que el camino del alumno es difícil y cansador, pero no a este nivel, y no por esas razones. El camino debe ser arduo pero porque, como entrenar el cuerpo para una maratón, hacer trabajar la mente cansa. Pero esto ya es ridículo. El sistema tiene que cambiar. No hay vuelta que darle. No lo defendamos más porque es indefendible.

Todos los psicólogos laborales o vocacionales de esta época están diciendo lo mismo. Que el título del colegio ya no sirve. Que no significa nada. Y el título universitario va por el mismo camino. ¿Por qué? Porque cada vez son más los que aprenden exactamente los mismos conocimientos. No hay diferenciación. Lo mismo da un egresado aquí o allá. Porque la diferenciación no la brindan las escuelas. Nacen de uno mismo. Pero por culpa de este sistema, no valemos por lo que somos sino por lo que sabemos, y como todos sabemos lo mismo, todos valemos lo mismo.

Voy a ser sincero, no sé exactamente cuál es el camino. Pero sí cuál es el rumbo. Siempre fui un alumno mediocre en el colegio. Todo desprolijo y a último momento. Desperdicié muchos veranos estudiando cosas que ni me acuerdo. Memorizando conceptos, definiciones y fórmulas. Demasiados atardeceres que no vi, demasiadas mañanas sin salir a caminar con la fresca, demasiadas charlas que no pude tener con un amigo compartiendo una ronda de mates. Seguramente me sirvió. Es posible que este aplicando esos conocimientos en muchas circunstancias. Pero no es el mejor sistema que podemos tener. La mayoría de esas cosas no me sirvió de nada.

Como dije: no SÉ el camino. Pero no lo sé porque justamente no hay UN camino. Porque cada uno de nosotros debe hacer SU camino. Voy a proponer un sistema alternativo. Experimental, si se quiere. Muchos dirán que de educación no sé nada. Pero yo les digo, después de 15 años “educándome”, sé muchas cosas: Sé que el sistema de ponderar el resultado en vez del camino no sirve. Sé que tener el 99% de las lecciones encerrados en una clase no sirve. Sé que tener profesores desganados que evidentemente no quieren enseñar más, sino que simplemente ansían llegar a la edad permitida para jubilarse, no sirve. Y además: sí sé que intercalar más horas de expresión artística y deporte sirve. Sé que desafiar alumnos a resolver problemas en equipo, sin más herramientas que su sentido común y pensamiento lógico, sirve. Sé que romper la rutina constante sirve.

Enseñemos a aprender. Es la mejor forma de alcanzar una sociedad más justa,más virtuosa y más libre.

1 Tobías de Marcos es alumno de la Universidad Austral en la carrera de ciencias empresariales. Cursa el segundo año y participó en junio de la Acton University en Grand Rapids, Michigan, junio 2012. Actualmente participa en Acton Joven Argentina
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